jueves, 20 de noviembre de 2014

UNA BUENA DEFENSA ES EL MEJOR ATAQUE

Tras tres semanas dándole caña al entreno, el último atleta se dio cuenta de que su crono se podía superar. De hecho, desde que empezó sus marcas solo habían mejorado. No hubo ni un error.
Claro está que cuando se acaba de empezar es más fácil superarse. Pero eso no desmerece sus logros. De lo que no cabe duda es que esos 52 minutos de la carrera de 10 kms., fueron fruto de la regularidad. Constancia como su forma de vida. Solo fueron tres semanas. Da igual. Fueron suficientes para lograrlo.

Una buena defensa es el mejor ataque. Esa es la conclusión que no sacó el último atleta, porque aún no es corredor. Ahora solo piensa en la carrera. El objetivo es solo la carrera. Sin embargo, cuando el último atleta dé más importancia al entreno que a la carrera empezará a saber qué es eso de ser corredor. Lo notó, eso sí. La buena defensa es el entrenamiento y el mejor ataque, la carrera. Pero sin entreno, la carrera es una agonía, más que un goce.

Y él entrenaba sin entrenar. Salía a correr para mejorar el 52:13. No lo consiguió. 54:02. ¡Se alejó casi 2 minutos! Normal. Sus entrenamientos no variaban nada. Salía 40 minutos. El mismo recorrido. El mismo ritmo. Era prácticamente una cuestión de supervivencia. "Salgo a correr y si llego ya estoy contento", pensaría. La cosa cambió cuando un día, al salir, se encontró a un tipo de treinta y tantos años corriendo a un ritmo endiablado. No le perdió de vista, hasta que al final se paró y empezó a trotar. Dijo: "me extrañaba que pudiese ir a tal velocidad", dando por sentado que ese corredor lo único que hacía era chulear.

Aún atándose las zapatillas justo en el portal de su casa, el corredor volvió a pasar al ritmo que pasó la otra vez. Lo hizo en cuatro ocasiones. El último atleta decidió esperar a la quinta para detenerle. Le preguntó: "Oye, y eso qué haces, ¿por qué lo haces?", refiriéndose a esos cambios de ritmo. El corredor le contestó: "acompáñame, y te lo enseño". Lo hicieron tres veces, hasta que no pudo más. No estaba acostumbrado. El último atleta estaba a punto de tirar la toalla. Es más, ya la había tirado al día siguiente cuando el corredor apareció. Llamó al timbre y le ordenó vestirse. "Cualquiera se opone", añadió el último atleta. Hicieron el mismo entreno, solo que con dos cambios más (de ritmo).

Al final del entrenamiento el protagonista, sorprendido por cómo habían transcurrido esos dos días, quería preguntar algo al corredor, pero no sabía cómo. Éste le ayudó e inició la conversación: "Cuando encaras la recta a ritmo suave es como la calma antes de la tempestad; cambias el ritmo y sientes adrenalina; frenas moderadamente y las pulsaciones bajan al mismo ritmo que los músculos rebotan con el impacto de la zancada; cuando vuelves a trotar sientes la libertad. Estarás cansado cuando termines, pero mañana a esta misma hora ya habrás salido a correr otra vez". Impresionante. El último atleta sintió más vértigo con ese discurso que con el propio entrenamiento. Presenció que es ser un corredor desde el otro lado del charco. Ese día 23, cuando decidió salir a correr como un día normal, fue el día en el que descubrió qué es sentirse corredor, sin serlo. El objetivo ya dejó de ser la carrera. Ahora era ser corredor, y eso pasó por entrenar. En una semana introdujo más cambios en su entrenamiento que en 3 meses. Su cabeza lo notó. Vio en el calendario 4 carreras que le podían venir bien. Pero él no quiso tal cosa. Prefirió salir a entrenar. Solo. Pudiendo haber coincidido con más de 5000 corredores. Su propósito era la defensa. Fue un paso más para ser "runner". Eso le honró.


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